El Conde de Aranda

El embajador visionario

El Conde de Aranda
«Esta república federal nació pigmea […] y ha necesitado del apoyo y fuerza de dos estados tan poderosos como España y Francia para conseguir su independencia. Llegará un día en que crezca y se torne gigante»
CONDE DE ARANDA, 1783

Pedro Pablo Abarca de Bolea, X conde de Aranda, fue un militar, político y diplomático español que vivió un intenso período de crispación internacional durante el reinado de Carlos III. Su etapa de embajador en París coincidió con la sublevación e independencia de las Trece Colonias británicas en Norteamérica y, después, intervino en el tratado de paz que puso fin al conflicto. Por otro lado, su gran conocimiento de la Historia le hizo adelantarse a su tiempo, ya que anticipó cien años antes el surgimiento de los Estados Unidos como potencia mundial. Advirtió al monarca sobre el peligro que podía suponer el ejemplo dado por los rebeldes británicos americanos a las provincias españolas de América y propuso la creación de un imperio federal que garantizase la fidelidad a España.

Personaje de ideas avanzadas e ilustradas, apoyó y fomentó la cultura y el progreso de la España de su época. Internacionalizó la Real Fábrica de Porcelana de Alcora, en Castellón, fundada por su padre, y la modernizó durante los años en los que estuvo al frente de la misma, entre 1749 y 1798, logrando así su etapa de mayor esplendor. Por otro lado, fue el primer industrial de España que concedió a sus obreros una jubilación retribuida.

Nació en el castillo de Siétamo, localidad cercana a Huesca, el 1 de septiembre de 1719. Con un origen hidalgo, su vida trascurrió al servicio de cuatro reyes españoles. Con Felipe V ejerció como militar, después de formarse en los colegios italianos de San Clemente de los españoles de Bolonia y de los Nobles de Parma. Allí inició una carrera castrense que despertó una gran vocación militar que le llevó, a los diecisiete años, a fugarse del colegio y a presentarse en el ejército español de Italia, para luchar junto a su padre.

Con Fernando VI destacó en la organización de centros técnicos, tras ser nombrado director general de los cuerpos de Artillería e Ingenieros (1756-58). Poco antes, había tenido su primera experiencia diplomática como embajador en Portugal y se le había concedido el collar de la Orden del Toisón de Oro, la más alta distinción que puede ser entregada por un rey español. Tras la muerte del monarca en 1759, siguió trabajando para Carlos III y, durante este período, destacará en sus dos facetas profesionales más importantes: la militar y la diplomática.

Aranda intervino en la Paz de París de 1763, que puso fin a la Guerra de los Siete Años. La contienda supuso una victoria inglesa en perjuicio de España y Francia. Los ingleses reclamaron La Florida a los españoles, quienes, a su vez, obtuvieron de Francia La Luisiana, en compensación por las pérdidas sufridas, lo que afianzó la presencia española en América del Norte. Carlos III era reacio a estos acuerdos, pero Aranda logró convencerle de la importancia estratégica del río Misisipí como frontera entre los territorios españoles e ingleses, para proteger a México de una invasión inglesa. Por otra parte, había que asegurar que no se produjese una cesión posterior de la zona a Inglaterra. Poco después, y debido a su fracasada política colonial, a este país se le sublevarían las Trece Colonias norteamericanas, lo que supondría un nuevo conflicto bélico con España y Francia, debido al apoyo de estos países a las fuerzas revolucionarias.

Carlos III nombró a Aranda, de nuevo, embajador en 1760, esta vez en Varsovia, y llegó a ser el capitán general más joven de España, dirigiendo el ejército que luchó en Portugal en 1762. También fue gobernador de Valencia y presidente del Consejo de Castilla. En esta etapa fomentó el desarrollo de la agricultura y estableció nuevas medidas sociales y urbanísticas. En 1773 abandonó este cargo por el enfrentamiento con Grimaldi, ministro español de Negocios Extranjeros, y fue obligado a cambiar Madrid por París.

La embajada de París (1773-87) supuso para Aranda un verdadero destierro. Siempre quiso continuar con su carrera militar y, por ello, pidió a Carlos III que le llamara ante cualquier conflicto bélico. Pero ni la guerra de Marruecos, ni el desastre de Argel, ni los sitios de Gibraltar, ni la conquista de Menorca hicieron que el monarca contase con él. Por otro lado, también intentó volver a España, para sustituir a Grimaldi como ministro de Estado tras su destitución, pero su lugar lo ocupó Floridablanca.

Carlos III le proporcionó instrucciones sobre cómo debía manejar la política exterior en su nuevo cargo, pero en ellas no se mencionaba el conflicto en Norteamérica, que se convertiría en un asunto de vital trascendencia. En 1774, al poco de su llegada, el entusiasmo de los colonos americanos por convocar un congreso en Filadelfia hizo que Aranda enviase a Madrid un análisis de la situación. En este primer despacho sobre asuntos angloamericanos ya mostraba su optimismo sobre la independencia como medio para debilitar a Inglaterra.

En 1776, Aranda informaba a España sobre la marcha de Lafayette para luchar junto al general Washington y anunciaba la llegada a Francia de Silas Deane, Benjamin Franklin y Arthur Lee, para tantear a Versalles y a Madrid sobre el conflicto y, de paso, pedir ayuda. El día 29 de diciembre de ese año, Franklin y el conde de Aranda se reunieron en la casa del embajador de España en París para hablar de la contienda. Se sucedieron dos entrevistas más, sin que los americanos pudiesen lograr la participación abierta de España. En el primer despacho enviado por Aranda a Floridablanca, proponía la entrada en la guerra a favor de los rebeldes, pero chocó con la prudencia del nuevo ministro, que prefirió organizar, junto con Francia, un sistema secreto de pagos y envíos de equipos militares.

El sentimiento antibritánico de Aranda le llevó a proponer un programa operativo a los franceses para unificar objetivos frente a los ingleses. Para él, un conflicto entre Inglaterra y sus colonias que mermase sus territorios supondría su debilitamiento marítimo y comercial y, aunque en principio propuso una ayuda indirecta, para no hacer cundir el ejemplo en las provincias españolas de América, mediante envío de dinero, armas y municiones a través de comerciantes particulares, pronto fue partidario de entrar en guerra con Inglaterra, siempre con la esperanza de recuperar Menorca y Gibraltar, en manos británicas desde el Tratado de Utrecht de 1713.

En junio de 1776, el ministro de Asuntos Exteriores francés Vergennes obtuvo de Luis XVI 1.000.000 de libras francesas para ayudar a los rebeldes, la mitad en efectivo y la otra mitad en útiles de guerra. Por su parte, la Corte de Madrid, una semana antes del 4 de julio de 1776, día en el que las Trece Colonias inglesas proclamaban su independencia, hizo llegar al conde de Aranda la misma cantidad y con el mismo fin. Con el dinero aportado por los dos países de forma secreta, se envió a los sublevados dinero y un gran número de armas y útiles de guerra que los ayudaron a lograr su primera victoria en Saratoga, en 1777. Francia declaró la guerra a Gran Bretaña en 1778 y, en 1779, lo hacía España con tres frentes: Menorca, Gibraltar y Florida.

Aranda siguió el conflicto desde París con enorme atención, pidiendo en varias ocasiones al rey una intervención directa, que se daría en el golfo de México. Por otro lado, la llegada de la paz no sería para él más fácil que los inicios de la contienda. Tuvo que lidiar con el emisario inglés que llegó a París en agosto de 1782 para tratar los preliminares del tratado de paz. Por otro lado, la frontera entre la nueva nación y los dominios españoles trajo a la diplomacia española agotadoras conversaciones con John Jay por el control del Misisipí, al que, finalmente, los americanos renunciaron. Gran parte de estas conversaciones se desarrolló en París con la intervención del conde de Aranda. Finalmente, el 3 de septiembre de 1783, se firmó en Versalles el tratado de paz. Aranda lo hizo en representación de España, con el acuerdo de recuperar Menorca y La Florida occidental, pero renunciando a Gibraltar. Como premio a las negociaciones, quiso volver a España, pero se vio obligado a continuar en París hasta el año 1787.

Tras el fallecimiento de Carlos III en diciembre de 1788, la llegada al trono de Carlos IV supuso su nombramiento como decano del Consejo de Castilla y primer secretario de Estado. Su actividad política en este último período de su vida se centró en la difícil situación internacional creada por la Revolución Francesa, que culminaría en 1793 con la Guerra de los Pirineos entre España y Francia. Sus enfrentamientos constantes con el primer ministro español Godoy le llevaron a ser destituido de sus funciones, desterrado a Jaén y enviado posteriormente a prisión. Finalmente, en 1795, se le permitió retirarse a su casa de Épila, donde vivió dedicado a la administración de sus posesiones hasta su muerte en 1798.

Mar García Lerma
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