Retratos de norteamericanos que colaboraron junto a los españoles en la independencia de su país

La historia de la pintura en los Estados Unidos tiene un recorrido de algo más de dos siglos, a partir de su independencia de Gran Bretaña. Fue entonces cuando los artistas norteamericanos comenzaron a realizar unas obras que, aunque todavía conectaban con las inquietudes estéticas aprendidas de los maestros del pasado, tenían como objetivo el sueño de crear una nueva identidad artística nacional. La paz con Inglaterra facilitó el despegue de una generación de pintores locales que ansiaba inmortalizar a los héroes de la Revolución y sus hazañas. Estos virtuosos del pincel eran herederos del realismo tradicional de la antigua metrópoli, vigente desde mediados del siglo xviii, pero ahora tenían un nuevo objetivo patriota: el reconocimiento hacia los hombres que habían contribuido al nacimiento de su nación. En estos primeros años, los retratos oficiales de sus ídolos todavía estarán marcados por la relación que los jóvenes estudiantes tenían con Europa, sobre todo con Inglaterra, y esto es algo que se extenderá hasta bien entrado el siglo xix. Hay que tener en cuenta que, aunque muchos eran autodidactas, las viejas naciones seguían siendo el destino preferido para la formación de los estudiantes de bellas artes. La costumbre de desplazarse al Viejo Continente, por su historia, por sus museos y por el prestigio de las academias oficiales, era la opción recomendada por los profesores norteamericanos a sus alumnos para conseguir un mayor grado de aprendizaje. Por otro lado, Europa será durante muchos años el destino final elegido por algunos de los creadores más veteranos, como Benjamin West, ya que esta opción facilitaba el ascenso hacia una carrera más internacional. Como novedad, a pesar de la herencia recibida, sobre todo del retrato aristocrático inglés, las creaciones norteamericanas tenderán a ser más sobrias y austeras que las de sus maestros europeos, en un intento de subrayar la superioridad moral de la joven democracia ante las viejas monarquías. También es importante señalar que no todos los norteamericanos encargaron sus retratos a sus compatriotas, ya que fueron muchos los políticos y diplomáticos que aprovecharon sus viajes oficiales para hacerse pintar por los artistas europeos más cotizados del momento. Dentro de esta primera galería de personajes célebres que estrenaron la historia de los Estados Unidos como nación independiente, algunos (como Benjamin Franklin, Robert Morris, Oliver Pollock, John Jay, Arthur Lee o George Washington) tuvieron una estrecha relación con militares, empresarios o diplomáticos españoles que, en nombre del rey Carlos III, ayudaron a que las Trece Colonias rebeldes norteamericanas lograran sus objetivos. En algunos casos, estos hombres llegaron a ser inmortalizados por artistas tan relevantes como Benjamin West, hoy considerado uno de los padres de la escuela de pintura estadounidense. La fama de West hacía años que había traspasado las fronteras de su país. Vivía en Londres desde 1763 y tenía un prestigioso taller que durante casi cincuenta años fue una escuela para sus paisanos norteamericanos. Otros artistas, como Gilbert Stuart o John Trumbull, desarrollaron su carrera tras la Declaración de Independencia de 1776. Stuart cobró fama por sus retratos de Washington o John Jay, y Trumbull, además de por los retratos, por sus patrióticas pinturas de batallas.

Benjamin West había nacido en Pensilvania en el año 1738 y fue el primer norteamericano que eligió Roma para formarse. En 1763 se instaló en Londres y en 1768 fue nombrado miembro fundador de la Royal Academy of Arts, la institución artística oficial más importante de Gran Bretaña, de la que llegó a ser su segundo presidente. A pesar de su éxito profesional, siempre mantuvo una actitud cercana y de protección hacia sus compatriotas, ofreciéndoles no solo un lugar de residencia, sino también cursos de formación, invitaciones a galerías, pases a colecciones y la posibilidad de frecuentar la Royal Academy. Por su taller pasaron nombres tan destacados como los de Charles Willson Peale, Gilbert Stuart o John Trumbull. Hacia el año 1783, West recibió el encargo de pintar un cuadro bajo el título Comisionados estadounidenses de las negociaciones preliminares de paz con Gran Bretaña, en el que aparecerían personajes tan ilustres como John Jay, John Adams, Benjamin Franklin, Henry Laurens y William Temple Franklin, pero la negativa de los británicos a posar para la obra hizo que esta nunca pudiese terminarse. Hoy en día, el lienzo se encuentra en el museo norteamericano de Winterthur.

Uno de los protagonistas del cuadro de West es Benjamin Franklin, científico y político norteamericano que estuvo comprometido con el proceso de emancipación de su país desde sus orígenes. Fue uno de los hombres que intervinieron en la redacción del documento de independencia de 1776, hecho de gran calado histórico que el pintor estadounidense Jean Leon Gerome Ferris inmortalizó en el siglo xx en un pequeño lienzo titulado Redacción de la Declaración de Independencia, ubicado en el Virginia Museum of History & Culture, donde se escenifica el momento de la revisión del borrador del documento por parte de Thomas Jefferson, John Adams y el propio Benjamin Franklin, que aparece leyendo uno de los papeles. Ese mismo año, Franklin se había desplazado a París tras su nombramiento como comisionado en la corte de Francia por el Congreso de las recientemente independizadas colonias inglesas de América. El objetivo del viaje era conseguir ayuda comercial, financiera y militar de Francia, pero también de España. Aunque los españoles aún no estaban en guerra con Inglaterra, llevaban tiempo ayudando de forma secreta a los rebeldes norteamericanos y por ello, el 29 de diciembre de 1776, Franklin, que también había sido nombrado ministro plenipotenciario ante la corte de Madrid, se reunió en la embajada española de París con su embajador, Pedro Pablo Abarca de Bolea, conde de Aranda. Las gestiones diplomáticas de Aranda para conseguir las acuciantes ayudas solicitadas por el emisario norteamericano se pusieron en marcha y culminarían con la entrada de España en la guerra de la Independencia norteamericana el 21 de junio de 1779.

Franklin aprovechó su estancia en Francia para ser retratado por Joseph-Siffred Duplessis, un artista local de formación académica que había logrado un gran éxito entre la clientela parisina por la calidad de sus retratos, sobre todo tras realizar el del rey Luis XVI. La imagen pública del político norteamericano se había hecho muy popular por su sencillez, algo que chocaba con el aparatoso boato de las autoridades francesas. Nunca usaba peluca, solía llevar el cabello algo despeinado y lucía el rostro sin empolvar. El primer retrato que Franklin encargó a Duplessis se realizó con la técnica del pastel y sobre un formato de pergamino, y parece ser que las sesiones de trabajo tuvieron lugar en la residencia temporal del estadounidense en Passy, entre París y Versalles. Para su representación, posó con la naturalidad que lo caracterizaba, vestido con un sencillo atuendo gris y una camisa blanca. Duplessis supo reflejar en el rostro el carácter paciente del americano y su habitual mirada directa y sincera. Meses después, Franklin volvería a posar para el mismo pintor, pero esta vez el resultado fue algo más distinguido al incluir en su atuendo un llamativo cuello de piel marrón. Este último cuadro, que llegó a exhibirse en el Salón de París de 1779, es la imagen más icónica del americano y la creación más famosa del pintor. La pintura es un óleo sobre lienzo y se encuentra en el Metropolitan Museum de Nueva York.

Entre 1778 y 1779, Franklin volvió a ser retratado en Francia por la pintora parisina Anne-Rosalie Filleul. Ambos vivían en Passy y habían desarrollado una pequeña amistad. Ella solía prestarle libros y él quería comprarle su piano para llevárselo a América. Puede que la cercanía de ambos provocase en el modelo un posado más espontáneo, ya que en el cuadro parece conversar con la pintora mientras gesticula ante un mapa de Filadelfia que se halla sobre una mesa y junto a sus anteojos. Viste una camisa de cuello abierto y una bata verde forrada de piel. La obra se encuentra en el Philadelphia Museum of Art.

Una vez finalizada la contienda, y tras su regreso a los Estados Unidos, Benjamin Franklin fue retratado en dos ocasiones por Charles Willson Peale, el único de los grandes pintores norteamericanos de la etapa colonial anterior que permaneció en Estados Unidos tras la declaración de independencia. Durante la Revolución, Peale fue un personaje muy activo en la política de su país. Primero participó en la milicia de Pensilvania contra los británicos y después se dedicó a retratar a los héroes de la nueva nación. Fue el autor, en 1779, del primer retrato oficial de George Washington, ubicado hoy en la Pennsylvania Academy of the Fine Arts de Filadelfia. Franklin y Peale se habían conocido en Londres en 1767, cuando el pintor se formaba en el taller de Benjamin West. Años después, en 1785 y cuando el político era presidente del Consejo Ejecutivo Supremo de Pensilvania, Peale quiso retratarlo para incluir la obra en la galería de retratos del Independence Hall de Filadelfia, el lugar en el que se había debatido y adoptado la Declaración de Independencia años antes. Lo hizo en un formato oval y sobre un fondo neutro, vestido con un traje marrón y con sus característicos anteojos. En 1789, Franklin volvió a recurrir a Peale para un segundo retrato, esta vez sobre un fondo de interior con ventanal. La obra está en el Philadelphia History Museum.

Charles Willson Peale también retrató a Robert Morris, otro de los norteamericanos que mantuvieron una estrecha relación con españoles que ayudaban en la contienda frente a Inglaterra. Morris era un empresario de Filadelfia, nacido y criado en Liverpool, que en 1780 fue designado por el Congreso norteamericano como intendente para la financiación del Ejército Continental, cargo que ocupó hasta el final de la guerra. Tuvo una relación cercana y directa con varios comerciantes españoles, entre los que se encontraba la compañía tinerfeña Juan Cólogan e Hijos, con sede en el Puerto de la Orotava (actual población de Puerto de la Cruz), o el alicantino Juan de Miralles, comerciante en Cuba, espía y también comisionado regio afincado en Filadelfia, con el que Morris creó una compañía que abría la ruta comercial Filadelfia-La Habana. Meses antes de que acabara el conflicto, hacia el año 1782, Peale recibió el encargo de retratar a Robert Morris. El artista había viajado a Londres en 1767 para formarse y, durante su estancia, debió de conocer el edificio del Banco de Inglaterra, construido en 1732 y que entonces se estaba remodelando, ya que es esa la edificación que aparece tras la cortina del ventanal que sirve como fondo del cuadro de Morris, ubicado en el New Orleans Museum of Art. En la composición, el banquero posa sentado sobre un sillón de cuero, vestido con un traje azul y sujetando un documento enrollado. Ese mismo año, Peale volvía a retratarlo otra vez con el mismo atuendo, pero esta vez se trata de un busto sobre un formato oval y con un fondo neutro. El cuadro se encuentra en el Independence National Historical Park y se realizó a juego con el de su mujer. Hubo un tercer trabajo de Peale sobre la figura de Morris en 1783, cuando el banquero era ministro de Finanzas, esta vez junto al gobernador Morris, que entonces ejercía como su ayudante. La obra está en la Pennsylvania Academy of Fine Arts de Filadelfia.

Oliver Pollock fue otro de los comerciantes y financieros encargados de distribuir la ayuda económica enviada por Carlos III a través de los mercantes españoles. De origen irlandés, con veinte años emigró a Pensilvania, después viajó a Cuba y finalmente se estableció en Nueva Orleans, donde se convirtió en un importante hombre de negocios. Cuando comenzó el conflicto, fue nombrado agente comercial de los Estados Unidos en Nueva Orleans. Después participó junto a Bernardo de Gálvez en las campañas por el Misisipi de 1779 y en la batalla de Pensacola de 1781. En la céntrica plaza de Gálvez de la ciudad de Baton Rouge se encuentra la que quizá sea su única representación figurativa. Se trata de un monumento conmemorativo realizado por el escultor Frank Hayden en 1979, que incluye una gran cabeza de Oliver Pollock y una fuente con un relieve al fondo, decorado con soldados, civiles y cañones. Un atril de bronce cercano muestra un mapa del sitio de la batalla de Baton Rouge de 1779 como homenaje a Oliver Pollock, a Bernardo de Gálvez y a la famosa batalla.

El jurista y político neoyorquino John Jay fue designado en septiembre de 1779 ministro plenipotenciario de los Estados Unidos ante la corte de España. Su misión era recabar más ayudas para el proceso de independencia norteamericano. Jay desembarcó en Cádiz en enero de 1780 y permaneció en territorio español durante casi tres años. Durante su estancia en Madrid, además de recibir importantes sumas de dinero y suministros, redactó un proyecto de tratado entre España y los Estados Unidos para abordar el asunto de la navegación del Misisipi, a petición del primer ministro español Floridablanca. También fue uno de los negociadores del Tratado de París que puso fin a la Revolución americana. Una vez terminada la guerra, en el año 1784, John Jay encargó en Londres al artista norteamericano Gilbert Stuart que le realizase un retrato. Stuart vivía desde 1775 en Inglaterra, país al que llegó para formarse con su compatriota Benjamin West. La calidad de sus trabajos hizo que regentase su propio estudio. Incluso llegó a ser reconocido por la Royal Academy of Arts y expuso allí sus cuadros. De este primer trabajo, Stuart solo realizó la cabeza de Jay y el cuadro quedó sin terminar. Años más tarde, entre 1804 y 1818, John Trumbull compuso y pintó el resto del lienzo. El jurista aparece sentado en un sillón, con un papel en la mano, sobre fondo de cortinaje y apoyado en una mesa con libros y documentos como símbolos de su estamento y su profesión. Aunque la expresión del rostro resulta algo abstraída, tanto la combinación de los colores como el dibujo son acertados. El cuadro se halla en la National Portrait Gallery de Washington.

Stuart regresó a los Estados Unidos en 1793 con la intención de retratar a George Washington. Sus cualidades lo habían convertido en uno de los grandes artistas de la Revolución y en un maestro del retrato. Trabajaba sin la ayuda de bocetos previos, no se servía del dibujo, dominaba y mezclaba bien los colores y los aplicaba directamente sobre el lienzo. Diez años después de aquel primer encargo londinense, en el año 1794, John Jay volvería a confiar en Gilbert Stuart para que pintase la que pronto sería su imagen más emblemática. El artista llevaba un año viviendo en Estados Unidos y había decidido quedarse definitivamente en su país, donde pasaría el resto de su vida entre las ciudades de Nueva York, Filadelfia y Boston. Jay tenía entonces cuarenta y nueve años y ejercía el cargo de primer presidente del Tribunal Supremo norteamericano. La falta de tiempo hizo que posara en el taller neoyorquino del pintor solo durante la elaboración del rostro. Para el resto de la composición delegó en la figura de su sobrino, que, además de sujetar con firmeza un grueso libro de leyes, se vistió con la túnica académica que su tío había lucido en Harvard en 1790 durante un acto honorífico. Años después, los descendientes de Jay cedieron el cuadro a la National Gallery of Art de Washington.

Existen otros retratos de John Jay repartidos por varias instituciones y museos americanos, como los realizados por John Trumbull. En uno de ellos, el personaje aparece de medio cuerpo y sobre un luminoso fondo marrón. Fue realizado durante el viaje del político norteamericano a Gran Bretaña para llevar a cabo el Tratado de Jay, también conocido como Tratado de Londres de 1794, acuerdo internacional entre ambos países para resolver las diferencias surgidas a raíz de la guerra de la Independencia. En aquella ocasión, Trumbull lo acompañó como su secretario y aprovechó la ocasión para pintar el cuadro. La obra fue adquirida por William, el hijo de Jay, en 1844. Hoy forma parte del Homestead State Historic Site, en Katonah (Nueva York).

En 1805 Trumbull volvió a pintar a Jay en una obra ubicada en el City Hall Portrait Collection de Nueva York, esta vez de cuerpo entero y sobre un escenario más barroco, con un fondo de celaje, un aparatoso cortinaje que descansa sobre una columna, objetos de mobiliario, documentos y libros. La escenografía es parecida a la que había utilizado casi cuatro años antes el artista Caleb Boyle en un cuadro que se encuentra en el Lafayette College de Easton, en Pensilvania.

John Trumbull fue otro de los artistas norteamericanos que optaron por formarse junto a Benjamin West en Londres. Era hijo del gobernador Jonathan Trumbull. Trabajó como asistente de George Washington durante la guerra de la Independencia y después como secretario de John Jay en Londres. Su obra se hizo popular por los retratos y por las pinturas históricas de los sucesos de la Revolución. Él mismo sirvió en el Primer Regimiento de Connecticut durante los primeros meses de la guerra. La etapa más importante de su carrera transcurrió entre los años 1784 y 1794. En una carta dirigida a su padre en 1785 afirmaba que su mayor deseo era pintar la historia de su país. Un año después comenzó una de sus creaciones más emblemáticas, La Declaración de Independencia el 4 de julio de 1776, un cuadro en el que trabajó durante más de tres décadas y que no terminaría hasta 1820. Hoy se encuentra en la Yale University Art Gallery.

En la década de 1790, Trumbull realizó una serie de pequeños óleos bajo la influencia de su maestro Benjamin West y de la pintura neoclásica francesa. En 1790 recibió el encargo de pintar una miniatura de Arthur Lee, un diplomático norteamericano a quien, en diciembre de 1775, el Comité de Correspondencia Secreta del Congreso había elegido como agente europeo para conocer las opiniones de Francia y España con respecto a la guerra entre las colonias y Gran Bretaña. Lee fue recibido en París por el conde de Aranda, embajador español en la ciudad, y después, en 1777, viajó con idea de llegar hasta Madrid para entrevistarse con las principales autoridades del país; sin embargo, la negativa del Gobierno español a mostrar un reconocimiento oficial de la ayuda a la Revolución hizo que se recomendase al norteamericano esperar en Burgos al ex primer ministro español, el marqués de Grimaldi. En Burgos y en Vitoria, ambos representantes acordaron, con la ayuda de Diego María Gardoqui, llevar a cabo una ayuda secreta de España que se materializó con la salida en 1778 de varios barcos con todo tipo de pertrechos desde los puertos de Bilbao y Santander. Una de estas reuniones tuvo lugar en la casa que la esposa de Gardoqui tenía en Vitoria, momento que el ilustrador y pintor madrileño Fernando Vicente reprodujo en la Entrevista de Arthur Lee con el marqués de Grimaldi y Diego de Gardoqui en 1777 para tratar de la ayuda de España a la Revolución norteamericana, un trabajo en acrílico sobre papel realizado en el año 2017 y que actualmente se encuentra en una colección privada. Por otro lado, el retrato en miniatura de Arthur Lee pintado por Trumbull está en la Yale University Art Gallery.

Arthur Lee también fue retratado por Charles Willson Peale a finales del siglo xviii. La obra, ubicada en el Museum of History & Culture de Virginia, es un óleo sobre lienzo en el que el diplomático aparece vestido con abrigo marrón, chaleco azul y camisa blanca con cuello alto y encaje. Por otro lado, en el Philadelphia History Museum at the Atwater Kent se conserva otro pequeño retrato de Lee, pintado y esmaltado sobre porcelana, realizado por el miniaturista inglés William Russell Birch en el año 1795. Para terminar con esta galería de norteamericanos que tuvieron un trato directo con españoles que, en nombre del rey Carlos III, ayudaron a su emancipación de Inglaterra, habría que destacar la figura de George Washington, comandante en jefe del Ejército Continental revolucionario durante la guerra y primer presidente de los Estados Unidos entre 1789 y 1797. Washington sabía que la victoria solo sería posible con el apoyo logístico y financiero de España. Hombres como el bilbaíno Diego María de Gardoqui o el alicantino Juan de Miralles mantuvieron una estrecha relación con él. Gardoqui asistió en nombre de España a su toma de posesión como primer presidente de Estados Unidos el 30 de abril de 1789 y Miralles murió en su casa, tras una repentina enfermedad y atendido por Martha Washington y por el médico personal de la familia. Tras su fallecimiento, fue el propio Washington el que organizó su entierro, un acto al que asistieron numerosas personalidades del Congreso y del Ejército Continental.

Por su protagonismo en la historia de la humanidad, de George Washington existen numerosos retratos repartidos por los museos y colecciones de todo el mundo, pero destacamos dos importantes obras que forman parte de colecciones españolas. La primera es una miniatura realizada por el británico William Russell Birch, uno de los artistas más destacados de la escuela inglesa. Instalado en Filadelfia en el año 1794, se dio a conocer en la ciudad como pintor especializado en la técnica del esmalte, una habilidad novedosa para la sociedad americana. Hizo esta miniatura dos años después de su llegada a América y tomó como modelo otra elaborada por Gilbert Stuart en 1795. El personaje aparece retratado de medio cuerpo, sobre un fondo rojizo y vestido con una levita azul y camisa blanca. Está en el Museo Lázaro Galdiano de Madrid. El segundo retrato es un lienzo de grandes dimensiones ubicado en el museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, también en Madrid. El cuadro fue pintado por el artista veneciano Giuseppe Perovani, uno de los principales exponentes del neoclasicismo italiano. Se realizó en Filadelfia en 1796, más de una década después de la independencia de los Estados Unidos, y fue encargado por el diplomático español José de Jáudenes, que había llegado a Norteamérica en 1784 junto a Diego de Gardoqui. Tras la marcha del bilbaíno, Jáudenes permaneció allí y participó en las negociaciones entre la nueva nación americana y España, para facilitar la firma del Tratado de San Lorenzo de Amistad, Comercio y Navegación entre los dos países, firmado el 27 de octubre de 1795 en San Lorenzo de El Escorial, que definía las fronteras entre el nuevo Estado y los territorios españoles y regulaba los derechos de navegación en el río Misisipi. La firma de este acuerdo está representada en el plano de Pierre L’Enfant para la futura capital de Washington, colocado sobre la mesa. Al fondo se divisa la vista del Misisipi con un buque en el que ondea la bandera de los Estados Unidos. También hay varios símbolos masónicos, como las estrellas de cinco puntas de la mesa o las efigies de la Prudencia y la Justicia. En el pedestal puede verse la paloma de la paz, emblema personal del presidente. Jáudenes volvió a España en 1796 y regaló el lienzo al primer ministro Manuel Godoy, que había firmado el Tratado en nombre de Carlos IV de España. Thomas Pinckney lo hizo en representación de Estados Unidos y el 7 de marzo de 1796 fue ratificado por George Washington en Filadelfia.

Bibliografía

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  • Miles, Ellen G. American Paintings of the Eighteenth Century (A Publication of the National Gallery of Art, Washington). Washington, DC, 1995.
  • Recovered memories, Spain and the Support for the American Revolution, catálogo de la exposición (Nueva Orleans, 2018). The Cabildo (Louisiana State Museum). Iberdrola, S. A.
  • Rose de Viejo, Isadora. El retrato de George Washington de Josef Perovani, Madrid, El Viso, 1998.
  • Sellers, Coleman Charles. Portraits and Miniatures by Charles Willson Peale. Filadelfia, American Philosophical Society, 1968.
Mar García Lerma
La Habana George Washington Arthur Lee Fernando de Leyba Marblehead John Jay Bilbao Oliver Pollock El Conde de Aranda José Solano y Bote El Conde de Floridablanca México Francisco de Miranda Nueva Orleans José Antonio George Farragut Pensacola Bernardo de Gálvez Mobile Juan Miralles San Luis Bárbara de Arias Macharaviaya Diego Gardoqui Nueva York